sábado, 15 de mayo de 2010

Las espinas de una rosa (N. Rose)

Las espinas de un rosa.

(N. Rose)

Era un día frío, en las calles no se distinguía nada, producto de la espesa neblina, los calmados pasos de una muchacha era lo único que se sentía. Miraba hacia el cielo, al parecer comenzaría a llover, pues sin más puso sus manos dentro de las carteras de su largo abrigo y acomodo antes de aquello su larga bufanda rojo vino; camino sin apurar el paso, pues era inevitable que su cabello se mojase, y que al parecer era lo que menos le importaba, sus pensamientos se entrecruzaban unos con otros, todo era difuso, confuso, heterogéneo, cambiante…, a la compañía del viento y de las primeras escasas gotas de lluvia su cabello se ondeaba y se mojaba; su vista fija y sin brillo; sus manos a pesar de ello calidas, como el caluroso y tierno regazo de una madre; pero que sin embargo, esta joven desconocía…

Ya la lluvia era tormenta, brava y severa; la chica seguía ahí, caminando sin rumbo…, su cara pálida, sus ojos castaños, sus labios bien delimitados y rojos, quizás por el frío, no mostraban expresión alguna…, quizás no sentía lo necesario como para mostrar aquellos sentimientos… o quizás simplemente era el dolor en su interior lo que se lo impedía.

- ¿Constanza?- pregunto un chico de cabello un tanto largo peinados hacia atrás y oscuro, ojos castaños, profundos…

La chica miro hacia atrás, su rostro cambio de impresión, sus emociones afloraron, su corazón latía al rigor de una severa taquicardia, la lluvia acrecentó, pero al parecer de ambos parecía dulce y calida…

- quizás y solo quizás… tú seas la única razón por lo cual yo dejaría, que el infame roce de las aguas de una tormenta no me preocupase…- dijo ella mirándole, conteniendo la felicidad en su pecho.

- Pues no lamento esto, pero aun así, debo disculpar mi demora… aunque sabías que esperarme…- dijo sin acabar el chico

- Era como esperar que floreciera en el desierto… aunque tarde, llegará…- dijo sonriendo y bajando la mirada, con una mano empuñada delicadamente sobre su pecho suavemente acomodada, pero ejerciendo una leve presión sobre el mismo.

El joven le sonrió y se acerco a ella; sin más la abrazo. Ella apoyo su frente sobre su pecho y rodeo al chico con sus brazos, a la vez que seguía conteniendo sus sentimientos y tragaba saliva, para que la pena que apretaba su pecho no se expresaran en amargas lágrimas que prefería tragar dolorosamente, aunque sintiera que tragase una caja de finas y puntiagudas espinas.

- Sé que debes marcharte… mas no deseo que lo hagas… sin embargo, no debo dejar que mi egoísmo te haga prisionero.- dijo en un lastimero y doloroso suspiro y con el aliento a precisos cortes.

- No quiero marchar…, sin embargo, es mi deber…, pero juro… que pronto volveré.- dijo sin poder acallar una lágrima de sufrimiento al dejar a la joven Constanza.

- Sabes que no sé… si podré esperar…, sin embargo, es lo que mi alma desea, pero mi razón discute… y dice que no… por ello no lo sé…, mas bien no llores por mí… que quizás esto tan solo sea una tonta ilusión…- dijo a la par que limpiaba gentilmente la lágrima del rostro del joven.

- Tonta… já… pues bien sabes que no es así…, pero aunque no me esperes, yo volveré a buscarte a… ti.- dijo tomándole de la barbilla, para que le mirase a los ojos.

La chica enmudeció y lo abrazo fuertemente… y no pudo seguir conteniendo las lágrimas que la atormentaba…

- Victor… te amo.- dijo sin mirarle, pero a la vez con una voz temblorosa.

- Y yo a ti…- la separo de sí y la beso.

Junto a aquel beso, la tormenta se apaciguo, pero siguió lloviendo; el claxon del barco en el que debía zarpar Victor, sonaba por tercera vez, dando su último aviso antes de salir del puerto.

- ya debes marcharte… ya vete…- dijo dejándole de besar y dándose la vuelta.

- Es cierto…, soy un hombre de mar…, pero volveré…- le tomo la mano derecha y de uno de sus bolsillos saco un anillo igual al que el llevaba puesto en su dedo meñique de la misma mano y se lo coloco de igual forma.- mientras lleves esto seguiremos juntos…

Se marcho, ella lo miraba a la vez que se dirigía de vuelta a su hogar, de vuelta a la realidad…

El sentimiento oculto. (N. Rose)

El sentimiento oculto.

(N. Rose)

La luz de una humilde y corriente puesta de sol, se reflejaba en el agua… era cristalina y se transparentaba como tan sólo está era capaz de hacerlo. Un chico sentado sobre la arena de la playa; con las piernas recogidas y apegadas al pecho le contemplaba, en sus ojos se era capaz de visualizar el reflejo de la misma, como si fuesen sus ojos las propias aguas de aquel inmenso mar. Con energía se agitaban las olas al romper en las rocas, el estruendo era fuerte, la corriente del agua se alocaba y la marea comenzaba a subir con energía; el ocaso comenzaba a transparentarse por cada segundo que pasaba; mas el seguía ahí, tal parecía que no deseaba moverse, su respiración parecía tan tranquila; yo le contemplaba desde lejos.

Aquel chico vestía de una playera rojo oscuro y de unos pantalones color crema, acompañado con unos tenis blancos con azul. Miraba su objetivo sin perder de vista ni el más mínimo detalle de él; respiro hondo y desde bajo de su camiseta saco un colgante que llevaba al cuello y lo vio con mucho cariño, apretándolo con fuerza entre sus manos y besándolo, para luego quitárselo y echarlo al mar, a la enérgica corriente. Miro como el colgante se iba con las olas mar adentro y lo despidió con una bella tonada de violín, aquel fino y delicado instrumento, al ser tocado por él, mas bien parecía una extensión de su cuerpo, le tocaba con una maestría excepcional, que al menos yo jamás había sido capaz de ver, comenzó a tocarle con fuerza y su mirada cristalina que observaba las aguas con distinción, comenzaba a tornarse opaca, sin brillo, como si las aguas se llevasen también su corazón; mi corazón se estremeció al comenzar a escuchar lo que seguía de la tonada, mis ojos se comenzaba a humedecer sin saber el por qué de ello, al escuchar la triste y dolorosa tonada que ahora se dejaba escuchar entre el olaje frenético y el aullar de las gaviotas. Sus manos se movían ágiles por el mango del instrumento y con fuerza sus dedos ejercían presión delicadamente sobre las cuerdas, mientras que la otra mano se movía rítmicamente para hacer sonar su objeto como acto de maravilla; yo no podía hacer nada más que mirarle atónita, como si me hubiesen robado el habla de improviso, sin embargo, aquella belleza fue manchada por su rostro que denotaba un gran dolor, la impotencia me comenzaba a ganar; ya que no podía hacer nada más que mirar y observar a aquel chico.

Mientras que yo le miraba y él tocaba, giro su rostro y me miro justo a los ojos, yo no pude aguantar más aquello, no podía seguir aguantando que él sufriera por mí, no podía seguir tolerando que él cargase con un dolor que era de los dos, no podía cargar con un dolor que ambos compartíamos; no podía soportarlo más, por lo que corrí frenética, bajando las filosas y resbaladizas piedras de la costa y llegue hasta la arena, él sin embargo, no paraba de tocar el gentil instrumento, mientras esperaba que yo llegase a su encuentro, sus dedos ya comenzaban a sangrar; aquello me causo mucho dolor, por lo que corrí con más energía hasta que lo alcance y el arrojo su violín, cayendo a un lado de él y me abrazo, aquellos brazos que desde hacia mucho que no sentía, aquel regazo del que me habían apartado, él me abrazaba, sin importar quien más nos viese, sin importar que pudiese pasar en unos momentos más, tan solo nos importaba el estar juntos, sin importar las injurias que caerían sobre nuestros hombros, sin importar que tan doloroso sería esta vez el adiós..., no nos importaba nada más que el momento tan dulce en el que yo me podía apoyar en aquel pecho nuevamente. Quizás es que le amo..., o quizás es que le odio, mas mi corazón latía acelerado y él no dejaba de abrazarme con fuerza, mientras yo respondía el abrazo, apoyando mis manos en su pecho y tapando mis ojos, para que el no viese las frágiles lágrimas que caían sin reten alguno por mis mejillas, resbalando desde mis retinas, hasta el borde y fin de mi rostro, manchando su camiseta.

- vamos... no llores, no hay necesidad de llorar; no...- no fue capaz de terminar de hablar; la garganta se le había apretado o eso pude percibir.

No quise decir nada, pues sentía que si decía algo moriría, aunque en aquel mismo segundo era capaz de morir y aquello no me importaba; la culpa me carcomía, yo era la causante de su dolor, la causante de aquel sentimiento tan desdichado; la sorpresa de sus calidos dedos secando mis lágrimas, me sorprendió y me alerto, provocando que le mirase justo a aquellos ahora opacos ojos carmesí, aquellos castaños ojos que ahora me petrificaban con su dolor y su rencor, <<¿tanto me odiaba?>> fue lo que me pregunte, tratando de despertar de aquella pesadilla a la que su nostálgica mirada me sumergía.

- ya nada será como antes..., este es un adiós; ya no seremos más que conocidos y este será lo que te dejara libre para siempre.- tomo el colgante gemelo al suyo que ahora flotaba mar adentro, que colgaba por mi cuello y lo arranco con fuerza; me dejo de abrazar y se acerco al agua, caminando mar adentro con el colgante en la mano. Yo tan solo pude ver como él se perdía entre las frecuentes y furiosas olas; como la ahora luz de la luna le guiaba a la muerte; mi mano se aferraba a mi pecho y mis lágrimas no paraban de fluir, más sabía que era mi responsabilidad, por lo que aguarde en silencio; hasta que su silueta se dejo de ver y desapareció él junto a la espesa neblina del mar, empujado por las olas.

De ello lo único que recordare y por siempre lo haré, será "no llores, no hay necesidad de llorar..."